martes, 16 de julio de 2013
jueves, 20 de junio de 2013
Actividad sobre “Las redes del poder” de Foucault. Entrega: Próxima clase.
Actividad sobre “Las redes del poder” de
Foucault.
Entrega: Próxima clase.
1.
¿Cómo se
manifestaba y se ejercía el poder a fines de la
Edad Media con el sistema monárquico?
2.
¿Cuáles fueron
sus inconvenientes?
3.
¿Cómo se ejerce
la nueva tecnología del poder a lo largo del siglo XVII y XVIII?
4.
¿Dónde se
localiza?
5.
Realice un cuadro
comparativo entre el ejercicio del poder en tiempos monárquicos y en el
transcurso del desarrollo del capitalismo.
6.
¿Se visualiza una
relación entre el saber y el poder?
martes, 21 de mayo de 2013
Ficha 6. Filosofía de la ciencia. "Saber - Poder" Foucault
Selección de texto de “Las Redes del Poder”.
Michel Foucault
Texto desgravado de la
conferencia pronunciada en 1976 en Brasil. Publicada en (…)
En todo
caso, la cuestión que yo quería plantear es la siguiente: ¿Cómo fue posible que
nuestra sociedad, la sociedad occidental en general, haya concebido el poder de
una manera tan restrictiva, tan pobre, tan negativa? ¿Por qué concebimos
siempre el poder como regla y prohibición, por qué este privilegio?
Evidentemente podemos decir que ello se debe a la influencia de Kant, idea
según la cual, en última instancia, la ley moral, el « tú no debes», la
oposición «debes/no debes» es, en el fondo, la matriz de la regulación de toda
la conducta humana. Pero, en verdad, esta explicación por la influencia de Kant
es evidentemente insuficiente. El problema consiste en saber si Kant tuvo tal
influencia. ¿Por qué fue tan poderosa? (…)
Ahora bien, ¿cómo podríamos intentar analizar el poder en sus mecanismos positivos? Me parece que en un cierto número de textos podemos encontrar los elementos fundamentales para un análisis de ese tipo. Podemos encontrarlos tal vez en Bentham, un filósofo inglés del fin del siglo XVIII y comienzos del XIX que, en el fondo, fue el más grande teórico del poder burgués, y podemos evidentemente encontrarlos en Marx también; esencialmente en el libro II de < El Capital». Es ahí que, pienso, podemos encontrar algunos elementos de los cuales me serviré para analizar el poder en sus mecanismos positivos.
En resumen, lo que podemos encontrar en el libro II de El Capital, es, en primer lugar, que en el fondo no existe UN poder, sino varios poderes. Poderes quiere decir: formas de dominación, formas de sujeción que operan localmente, por ejemplo, en una oficina, en el ejército, en una propiedad de tipo esclavista o en una propiedad donde existen relaciones serviles. Se trata siempre de formas locales, regionales de poder, que poseen su propia modalidad de funcionamiento, procedimiento y técnica. Todas estas formas de poder son heterogéneas. No podemos entonces hablar de poder si queremos hacer un análisis del poder, sino que debemos hablar de los poderes o intentar localizarlos en sus especificidades históricas y geográficas.
(…) Creo que, de modo muy esquemático, podríamos decir lo siguiente: el sistema de poder que la monarquía había logrado organizar a partir del fin de
El segundo gran inconveniente de los mecanismos de poder, tal como funcionaban en la monarquía, es que eran sistemas excesivamente onerosos. Y eran onerosos justamente porque la función del poder -aquello en que consistía el poder- era esencialmente el poder de recaudar, de tener el derecho a recaudar cualquier cosa -un impuesto, un décimo, cuando se trataba del clero-sobre las cosechas que se realizaban; la recaudación obligatoria de tal o cual porcentaje para el señor, para el poder real, para el clero. El poder era entonces recaudador y predatorio. En esta medida operaba siempre una sustracción económica y, lejos, consecuentemente, de favorecer o estimular el flujo económico, era permanentemente su obstáculo y freno. Entonces aparece una segunda preocupación, una segunda necesidad: encontrar un mecanismo de poder tal que al mismo tiempo que controlase las cosas y las personas hasta en sus más mínimos detalles no fuese tan oneroso ni esencialmente predatario, que se ejerciera en el mismo sentido del proceso económico.
(…)
(…) Así ocurrió con la tecnología política, hubo toda una invención al nivel de las formas de poder a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Por lo tanto, es necesario hacer no sólo la historia de las técnicas industriales, sino también de las técnicas políticas, y yo creo que podemos agrupar en dos grandes capítulos las invenciones de. tecnología política, las cuales debemos acreditar sobre todo a los siglos XVII y XVIII. Yo las agruparía en dos capítulos porque me parece que se desarrollaron en dos direcciones diferentes: de un lado existe esta tecnología que llamaría de disciplina. Disciplina es, en el fondo, el mecanismo del poder por el cual alcanzamos a controlar en el cuerpo social hasta los elementos más tenues por los cuales llegamos a tocar los propios átomos sociales; esto es, los individuos. Técnicas de individualización del poder. Cómo vigilar a alguien, cómo controlar su conducta, su compartimiento, sus aptitudes, cómo intensificar su rendimiento, cómo multiplicar sus capacidades, cómo colocarlo en el lugar donde será más útil; esto es lo que es, a mi modo de ver, la disciplina.
Y les cito en este instante el ejemplo de la disciplina en el ejército. Es un ejemplo importante porque es el punto donde fue descubierta la disciplina y dónde se la desarrolló en primer lugar. Ligada, entonces, a esa otra invención de orden técnico que fue la invención del fusil de tiro relativamente rápido. A partir de ese momento, podemos decir lo siguiente: que el soldado dejaba de ser intercambiable, dejaba de ser pura y simplemente carne de cañón y un simple individuo capaz de golpear. Para ser un buen soldado había que saber tirar, por lo tanto, era necesario pasar por un proceso de aprendizaje y era necesario que el soldado supiera desplazarse, que supiera coordinar sus gestos con los de los demás soldados; en suma, el soldado se volvía habilidoso. Por lo tanto, precioso. Y cuanto más precioso, más necesario era conservarlo y cuanta más necesidad de conservarlo, más necesidad había de enseñarle técnicas capaces de salvarle la vida en la batalla, y mientras más técnicas se le enseñaban más tiempo duraba el aprendizaje, más precioso era él, cte.. Y bruscamente se crea una especie de embalo, de esas técnicas militares de adiestramiento que culminarán en el famoso ejército prusiano de Federico II, que gastaba lo esencial de su tiempo haciendo ejercicios. El ejército prusiano, el modelo de disciplina prusiana, es precisamente la perfección, la intensidad máxima de esa disciplina corporal del soldado que fue hasta cierto punto el modelo de las otras disciplinas.
El otro lugar en donde vemos aparecer esta nueva tecnología disciplinaria es la educación. Fue primero en los colegios y después en las escuelas secundarias donde vemos aparecer esos métodos disciplinarios en que los individuos son individualizados dentro de la multiplicidad. El colegio reúne decenas, centenas y a veces millares de escolares, y se trata entonces de ejercer sobré ellos un poder que será justamente mucho menos oneroso que el poder del preceptor que no puede existir sino entre alumno y maestro. Allí tenemos un maestro para decenas de discípulos y es necesario, a pesar de esa multiplicidad de alumnos, que se logre una individualización del poder, un control permanente, una vigilancia en todos los instantes, así, la aparición de este personaje que todos aquellos que estudiaron en colegios conocen bien, que es el vigilante2 que en la pirámide corresponde al suboficial del ejército; aparición también de las notas cuantitativas, de los exámenes, de los concursos, cte., posibilidades, en consecuencia, de clasificar a los individuos de tal manera que cada uno esté exactamente en su lugar, bajo los ojos del maestro o en la clasificación-calificación o el juicio que hacemos sobre cada uno de ellos.
Vean, por ejemplo, cómo ustedes están sentados delante de `mí, en fila. Es una posición que tal vez les parezca natural; sin embargo es bueno recordar que ella es relativamente reciente en la historia de la civilización y que es posible encontrar todavía a comienzos del siglo XIX escuelas donde los alumnos se presentaban en grupos de pie alrededor de un profesor que les dicta cátedra. Eso implica que el profesor no puede vigilarlos realmente e individualmente: hay un grupo de alumnos por un lado y el profesor por otro. Actualmente ustedes son ubicados en fila, los ojos del profesor pueden individualizar a cada uno, puede nombrarlos para saber si están presentes, qué hacen, si divagan, si bostezan, cte. 'podo esto, todas estas futilidades, en realidad son futilidades, pero futilidades muy importantes, porque finalmente, fue en el nivel de toda una serie de ejercicios de poder, en esas pequeñas técnicas que estos nuevos mecanismos pudieron investir; pudieron operar. Lo que pasó en el ejército y en los colegios puede ser visto igualmente en las oficinas a lo largo del siglo XIX. Y es lo que llamaré tecnología individualizante del poder. Es una tecnología que enfoca a los individuos hasta- en sus cuerpos, en sus comportamientos; se trata, groso modo, de una especie de anatomía política, una política que hace blanco en los individuos hasta anatomizarlos:
Bien, he ahí una familia de tecnologías de poder que aparece un poco más tarde, en la segunda mitad del siglo XVIII; y que fue desarrollada-es preciso decir que la primera, para vergüenza de Francia, fue sobretodo desarrollada en Francia y en Alemania principalmente en Inglaterra, tecnologías éstas que no enfocan a los individuos, sino que ponen blanco en lo contrario, en la población. En otras palabras, el siglo XVIII descubrió esa cosa capital: que el poder no se ejerce simplemente sobre los individuos entendidos como sujetos-súbditos -lo que era la tesis fundamental de la monarquía, según la cual por un lado está el soberano y por otro los súb dinabre que aquello sobre lo que se ejerce el poder es la población. ¿Qué quiere decir población? No quiere decir simplemente un grupo humano numeroso, quiere decir un grupo de seres vivos que son atravesados, comandados, regidos, por procesos de leyes biológicas. Una población tiene una curva etaria, una pirámide etaria, tiene una morbilidad, tiene un estado de salud; una población puede perecer o, al contrario, puede desarrollarse.
Todo esto comienza a ser descubierto en el siglo XVIII. Se percibe que la relación de poder con el sujeto o, mejor, con el individuo no debe ser simplemente esa forma de sujeción que permite al poder recaudar bienes sobre el súbdito, riquezas y eventualmente su cuerpo y su sangre, sino que el poder se debe ejercer sobre los individuos en tanto constituyen una especie de entidad biológica que debe ser tomada en consideración si queremos precisamente utilizar esa población como máquina de producir todo, de producir riquezas, de producir bienes, de producir otros individuos, etc. El descubrimiento de la población es, al mismo tiempo que el descubrimiento del individuo y del cuerpo adiestrable, creo yo, otro gran núcleo tecnológico en torno del cual los procedimientos políticos de Occidente se transformaron. Se inventó en ese momento, en oposición a la anátomo-política que recién mencioné, lo que llamaré bio-política. Es en ese momento cuando vemos aparecer cosas, problemas como, el del hábitat, el de las condiciones de vida en una ciudad, el de la higiene pública o la modificación de las relaciones entre la natalidad y la mortalidad. Fue en ese momento cuando apareció el problema de cómo se puede hacer para que la gente tenga más hijos o, en todo caso, cómo podemos regular el flujo de la población, cómo podemos controlar igualmente la tasa de crecimiento de una población, de las migraciones, etc. Y a partir de allí toda una serie de técnicas de observación entre las cuales está la estadística, evidentemente, pero también todos los grandes organismos administrativos, económicos y políticos, todo eso encargado de la regulación de la población. Por lo tanto, creo yo, hay dos grandes revoluciones en la tecnología del poder: descubrimiento de la disciplina y descubrimiento de la regulación, perfeccionamiento de una anátomo-política y perfeccionamiento de una bio-política.
A partir del siglo XVIII , l a vida se hace objeto de poder la vida y el cuerpo. Antes existían sujetos, sujetos jurídicos a quienes se les podía retirar los bienes, y la vida además. Ahora existen cuerpos y poblaciones. El poder se hace materialista. Deja de ser esencialmente jurídico. Ahora debe lidiar con esas cosas reales que son el cuerpo, la vida. La vida entra en el dominio del poder, mutación capital, una de las más importantes sin duda, en la historia de las sociedades humanas y es evidente que se puede percibir cómo el sexo se vuelve a partir de ese momento, el siglo XVIII, una pieza absolutamente capital, porque, en el fondo, el sexo está exactamente ubicado en el lugar de la articulación entre las disciplinas individuales del cuerpo y las regulaciones de la población. El sexo viene a ser aquello a partir de lo cual se puede garantizar la vigilancia sobre los individuo s y entonces se comprende por qué en el siglo XVIII, y justamente en los colegios, la sexualidad de los adolescentes se vuelve un problema médico, un problema moral, casi un problema político de primera importancia porque mediante y so pretexto de este control de la sexualidad se podía vigilar a los colegiales, a los adolescentes a lo largo de sus vidas, a cada instante, aun durante el sueño. Entonces el sexo se tornará un instrumento de disciplinamiento, y va a ser uno de los elementos esenciales de esa anátomo-política de la que hablé, pero por otro lado es el sexo el que asegura la reproducción de las poblaciones. Y con el sexo, con una política del sexo podemos cambiar las relaciones entre natalidad y mortalidad; en todo caso la política del sexo se va a integrar al interior de toda esa política de la vida que va a ser tan importante en el siglo XIX. El sexo es el eje3 entre la anátomo-política y la bio-política, él está en la encrucijada de las disciplinas y de las regulaciones y es en esa función que él se transforma, al fin del siglo XIX, en una pieza política de primera importancia para hacer de la sociedad una máquina de producir.
Foucault: -¿Quieren ustedes hacer alguna pregunta?
Auditorio: -¿Qué tipo de productividad pretende lograr el poder en las prisiones?
Foucault: -Esa es una larga historia: el sistema de la prisión, quiero decir, de la prisión represiva, de la prisión como castigo, fue establecido tardíamente, prácticamente al fin del siglo XVIII. Antes de ésa fecha la prisión no era un castigo legal: se aprisionaba a las personas simplemente para retenerlas antes de procesarlas y no para castigarlas, salvo en casos excepcionales. Bien, se crean las prisiones como sistema de represión afirmándose lo siguiente: la prisión va a ser un sistema de reeducación de los criminales. Después de una estadía en la prisión, gracias a una domesticación de tipo militar y escolar, vamos a poder transformar a un delincuente en un individuo obediente a las leyes. Se buscaba la producción de individuos obedientes.
Ahora bien, inmediatamente, en los primeros tiempos de los sistemas de las prisiones quedó en claro que ellos no producían aquel resultado, sino, en verdad, su opuesto: mientras más tiempo se pasaba en prisión menos se era reeducado y más delincuente se era. No sólo productividad nula, sino productividad negativa. En consecuencia, el sistema de las prisiones debería haber desaparecido. Pero permaneció y continúa, y cuando preguntamos a las personas qué podríamos colocar en vez de las prisiones, nadie responde.
¿Por qué las prisiones permanecieron a pesar de esta contra-productividad? Yo diré que precisamente porque, de hecho producían delincuentes y la delincuencia tiene una cierta utilidad económico-política en las sociedades que conocernos: La utilidad mencionada podemos revelarla fácilmente: 1) Cuanto más delincuentes existan, más crímenes existirán; cuanto más crímenes hayan, más miedo tendrá la población y cuanto más miedo en la población, más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial. La existencia de ese pequeño peligro interno permanente es una de las condiciones de aceptabilidad de ese sistema de control, lo que explica por qué en los periódicos, en la radio, en la televisión, en todos los países del mundo sin ninguna excepción, se concede tanto espacio a la criminalidad como si se tratase de una novedad cada nuevo día. Desde 1830 en todos los países del mundo se desarrollaron campañas sobre el tema del crecimiento de la delincuencia, hecho que nunca ha sido probado, pero esta supuesta presencia, esta amenaza, ese crecimiento de la delincuencia es un factor de aceptación de los controles.
Pero eso no es todo, la delincuencia posee también una utilidad económica; vean la cantidad de tráficos perfectamente lucrativos e inscriptos en el lucro capitalista que pasan por la delincuencia: la prostitución; todos saben que el control de la prostitución en todos los países de Europa es realizado por personas que tienen el nombre profesional de proxenetas y que son todos ellos ex-delincuentes que tienen por función canalizar, para circuitos económicos tales como la hotelería de personas que tienen cuentas en bancos, los lucros recaudados sobre el placer sexual. La prostitución permitió volver oneroso el placer sexual de las poblaciones y su encuadramiento permitió derivar para determinados circuitos el lucro sobre el placer sexual. El tráfico de armas, el tráfico de drogas, en suma, toda una serie de tráficos que por una u otra razón no pueden ser legal y directamente realizados en la sociedad pueden serlo por la delincuencia, que los asegura.
(…)
Auditorio: -¿Cómo ve la relación entre saber y poder? ¿Es la tecnología del poder la que provoca la perversión sexual o es la anarquía natural biológica que existe en el hombre la que lo provoca...
Foucault: -Sobre este último punto, es decir, sobre lo que motiva, ló que explica el desarrollo de esta tecnología,_no creo que podamos decir que sea el desarrollo biológico. Intenté demostrar lo contrario, es decir, ¿cómo forma parte del desarrollo del capitalismo esta mutación de la tecnología del poder? Forma parte de ese desarrollo en la medida en que, por un lado, fue el desarrollo del capitalismo lo que hizo necesaria esta mutación tecnológica, pero, por otro, esa mutación hizo posible el desarrollo del capitalismo; una implicación perpetua de dos movimientos que están de algún modo engrampados el uno con el otro.
Bien, con respecto a la otra cuestión que concierne al hecho de las relaciones de poder... Cuando existe alianza del placer con el poder, ese es un problema importante. Lo que quiero decir brevemente es que es justamente eso que parece caracterizar los mecanismos de poder en función de nuestras sociedades, es lo que hace que no podamos decir simplemente que el poder tiene por función interdictar, prohibir. Si admitimos que el poder sólo tiene por función prohibir, estamos obligados a inventar mecanismos -como Lacan y otros están obligados a hacerlo- para poder decir: < Vean, nos identificamos con el poder». O entonces decimos que hay una relación masoquista que se establece con el poder y que hace que gocemos de aquel que prohíbe; pero en compensación, si usted admite que la función del poder no es esencialmente prohibir, sino producir, producir placer, en ese momento se puede comprender, al mismo tiempo cómo se puede obedecer al poder y encontrar en el hecho de la obediencia placer, que no es masoquista necesariamente. Los niños nos pueden servir de ejemplo: creo que la manera como se hizo de la sexualidad de los los niños un problema fundamental para la familia burguesa del siglo XIX provocó y volvió posible un gran número de controles sobre la familia, sobre los padres, sobre los niños, etc., sobre los niños, etc., al mismo tiempo que produjo toda una serie de placeres nuevos: placer en los padres al vigilar a los hijos, placer de los niños enjugar con su propia sexualidad contra sus padres o con sus padres, etc., toda una nueva economía del placer alrededor del cuerpo del niño. No hace falta decir que los padres, por masoquismo, se identificaron con la ley...
Auditorio: -Usted no respondió a la pregunta que se le hizo sobre las relaciones entre el saber y el poder, y sobre el poder que usted, Michel, ejerce mediante su saber...
Foucault: -En efecto, la pregunta debe ser planteada. Bien, creo que -en todo caso en el sentido de los análisis que hago, cuya fuente de inspiración usted puede ver- las relaciones de poder no deben ser consideradas de una manera un poco esquemática, como: de un lado están los que tienen el poder y del otro los que no lo tienen. Aquí un cierto marxismo académico utiliza frecuentemente la oposición clase dominante y dominada, discurso dominante/ discurso dominado, cte. Ahora, en primer lugar, ese dualismo nunca será encontrado en Marx, en cambio sí puede ser encontrado en pensadores reaccionarios y racistas como Gobineau, que admiten que en una sociedad hay dos clases, una dominada y la otra que domina. Usted va a encontrar eso en muchos lugares pero nunca en Marx porque en efecto Marx es demasiado astuto como para podér admitir esto; él sabia perfectamente que lo que hace la solidez de las relaciones de poder es que ellas no terminan jamás, que no hay de un lado algunos y de otro lado muchos; ellas la atraviesan en todos lados; la clase obrera retransmite relaciones de poder, ejerce relaciones de poder. El hecho de que usted sea estudiante implca que ya está inserto, es una cierta situación de poder; yo, como profesor, estoy igualmente en una situación de poder, estoy en una situación de poder porque soy hombre y no una mujer, y el hecho de que usted sea una mujer implica que está igualmente en una situación de poder, pero no la misma, todos estamos en situación, etc. Bien, si de cualquier persona que sabe algo podemos decir «usted ejerce el poder», me parece una crítica estúpida en la metida en que se limita a eso. Lo que es interesante es, en efecto, saber cómo en un grupo, en una clase, en una sociedad operan mallas de poder, es decir, cuál es la localización exacta de cada uno en la red del poder, cómo él lo ejerce de nuevo, cómo lo conserva, cómo él hace impacto en los demás, etc..
Traducción: Heloísa Primavera
Extraído de Chistian Ferrer (comp.). El Lenguage Libertário 1. El pensamiento anarquista contemporáneo. Montevideo: Editorial Nordan-Comunidad, 1990 (Colección Piedra Libre), p. 21-41.
Ficha 5. Pulsión epistemofilica.
Sublimación, pulsión epistemofílica y cultura
(Selección).
Número 86 / Abril de 2009
www.psyche-navegante.com
autores@psyche-navegante.com
Paul Ruiz Santos
www.psyche-navegante.com
autores@psyche-navegante.com
Paul Ruiz Santos
El planteo original sobre la pulsión epistemofílica
fundamenta en sí misma la sublimación de las pulsiones, como destino de
pulsión, en la búsqueda del conocimiento. Este hecho nos abarca a todas las
personas que nos dedicamos a estudiar e investigar en cualquier ámbito de la
existencia.
La pulsión epistemofílica o pulsión de saber tiene sus
inicios con Freud de la mano del concepto de sublimación. La cual según el
diccionario de psicoanálisis de Laplanche y Pontalis se explica como:
Proceso
postulado por Freud para explicar ciertas actividades humanas que aparentemente
no guardan relación con la sexualidad, pero que hallarían su energía en la
fuerza de la pulsión sexual. Se dice que la pulsión se sublima, en la medida en
que es derivada hacia un nuevo fin, no sexual, y apunta hacia objetos
socialmente valorados.
Así el origen del postulado freudiano al respecto se
asienta en un fundamento pulsional, basado en lo sexual, para explicar el
interés por el conocimiento. De esta forma siguiendo con el concepto de pulsión
desarrollado en el diccionario se dice:
A lo largo de
toda su obra, Freud recurre al concepto de sublimación con el fin de explicar,
desde un punto de vista económico y dinámico, ciertos tipos de actividades
sostenidas por un deseo que no apunta, en forma manifiesta, hacia un fin
sexual: por ejemplo, creación artística, investigación intelectual y, en
general, actividades a las cuales una determinada sociedad concede gran valor.
Lo que vale la pena resaltar conceptualmente es que la
pulsión de saber, según Freud, tiene origen en las energías sexuales que son
redireccionadas hacia actividades no sexuales aceptadas social y culturalmente,
y valoradas por el individuo.
1-
Sublimación como destino de pulsión;
En Pulsiones y
destinos de pulsión (6) Freud hace algunas aclaraciones que para esta
temática se hacen más que importantes.
En primer lugar se plantea que la pulsión opera en la
vida humana como “..un estímulo para lo
psíquico” (Pag 108). Mientras en el diccionario de Laplanche se dice que la
pulsión es un "proceso dinámico
consistente en un empuje (carga energética, factor de motilidad) que hace
tender al organismo hacia un fin". Y como concepto globalizador Freud
plantea;
"…La
pulsión nos aparece como un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático,
como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del
cuerpo y alcanzan el alma…"(Pag 108).
Desde lo descriptivo la pulsión está compuesta por una
meta, un objeto y una fuente.
Y además las pulsiones poseen determinados destinos
para poder expresarse, ellos son:
-
El trastorno hacia lo contrario.
-
La vuelta hacia la persona propia.
-
La represión.
-
Y la sublimación, que es la que nos interesa a nosotros.
Así la sublimación ocupa un lugar importante a la hora
de poder darle una dirección y un destino, en este caso, a la pulsión sexual.
De esta manera desde el encare sexual de Freud, la pulsión sexual a partir de
la sublimación podría dar origen al interés por varias actividades no sexuales
(pero que brindan excitación) socialmente aceptadas, dentro de ellas, la
actividad intelectual.
2-
Importancia de la pulsión de saber y el desarrollo del conocimiento;
En el segundo ensayo del trabajo Tres ensayos de teoría sexual (3) de Sigmund Freud existe un subapartado,
dentro del apartado El período de
latencia sexual de la infancia y sus rupturas, llamado Formación reactiva y sublimación. En el mismo se explica la
existencia de este interés intelectual en los individuos generado a partir de
las mociones sexuales infantiles cuya energía es desviada a fines no sexuales,
siendo este concepto planteado como elemento conformacional de la sublimación.
En un segundo momento en el mismo trabajo le dedica un
segundo subapartado a la
Pulsión de saber dentro del apartado La investigación sexual infantil. En el propio dice que esta
pulsión no se puede considerar una pulsión elemental pero tampoco puede quedar
subordinada a la pulsión sexual. Pero dejando como la principal idea, que
apuntala el concepto de pulsión epistemofílica, que la vida sexual infantil
tiene particular importancia dado que la pulsión de saber se apoya en los
"problemas" sexuales infantiles, y hasta quizás surja de ellos. Esto
se vería como ejemplo en el momento que el niño empieza a desarrollar teorías
tales como El complejo de castración y
envidia del pene, la Teoría
del nacimiento o la
Concepción sádica del coito entre otras para intentar
explicar sus interrogantes vinculadas con la sexualidad de los seres humanos.
Siguiendo en esta línea, dentro del segundo ensayo,
Freud sigue desarrollando que el trabajo intelectual tiene como consecuencia
una “..excitación sexual concomitante..” (Pag 185).
A pesar de este axioma parece no ser siempre de esta
manera dado que en la conferencia número 20
(7) Freud plantea la necesidad de que los educadores deberían guiar las
voluntades sexuales de los jóvenes dado que “la libido está destinada a nombrar
la fuerza en la cual se exterioriza la pulsión sexual” (Pag 290). Esta explicación hace pensar que no siempre
necesariamente el trabajo intelectual trae consigo excitación sexual sino que
es necesario educar para generar este hecho.
Por el mismo camino, pero con otro encare teórico
conceptual, Eduardo Said (14) plantea
que Freud postulaba una pulsión epistemofílica ligada a la interrogación
infantil sobre la sexualidad, la vida y la muerte. En esa misma dirección, dice
Lacan: "Gozar de la verdad es el verdadero objetivo de la pulsión
epistemofílica, en la que fuga y se desvanece a la vez todo saber y la verdad
misma" (15.12.65 – sem 13 - clase 3- en Said E, 2004). Así las diferencias
conceptuales entre los dos autores son abismales pero no contrapuestas.
Siguiendo con los
planteos lacanianos sobre la pulsión de saber Ramiro Martin Rojas (13) plantea que la posición de Lacan en
torno al deseo de saber continúa la vertiente inaugurada por Freud, en tanto
que la pulsión epistemofílica no es primigenia en el ser humano.
De esta manera, desde la visión sexual freudiana o por
el planteo del goce de la verdad de Lacan, llegamos a la importancia que tiene
el saber en la vida de los seres humanos, a pesar de no ser considerado el
saber como una pulsión inicial del ser humano, sino que básicamente esta
fundamentada sobre otros cimientos. Siendo bien establecida la importancia que
el saber posee en sí mismo y la producción de éste en la vida del ser humano.
Junto a lo planteado por estos dos autores podemos
sumar lo dicho por Laplanche (10), quien esboza que la pulsión epistemofílica
está más relacionada con las pulsiones de auto conservación que con las
pulsiones sexuales como plantea Freud
(Pag 129-131).
3- La
importancia del conocimiento y su vínculo dialéctico con la cultura;
"...La
información ha existido siempre, es consustancial e inherente al ser humano.
Sin información, no puede desarrollarse, ni puede evolucionar la sociedad,
surgida de la relación y comunicación con sus semejantes, con los que
indefectiblemente debe convivir. La comunicación está basada en un flujo y
transferencia de información en sentido recíproco y concordante...” (Pag 2).
Esta cita de Suxley
Gonzalez y colaboradores (9) nos
ayuda a pensar en la importancia que ocupa, sobre todo en las sociedades
actuales post-industriales, la información y el conocimiento. Como plantea la
autora el origen de la información y la producción de conocimiento se inicia
con la historia misma.
Se puede suponer que
este hecho nos hace ver una pulsión de saber más correspondida con los planteos
de Laplanche (al menos en colación a los aportes de Freud y Lacan al respecto)
donde dicha pulsión tiene origen en las pulsiones de autoconservación más que
en las pulsiones sexuales, dado que la producción de conocimiento opera como un
mecanismo de sobrevivencia y desarrollo para los seres humanos.
De la mano con lo
anterior Manuel Martínez (12)
hablando de subjetividad y cultura plantea;
“Sería absurdo pensar en la subjetividad como fuera de
la sociedad y a la sociedad como algo ajeno a las subjetividades”(Pag 62).
Y hablando sobre el
sujeto cultural psicoanalítico, continúa diciendo;
“…la economía freudiana es una economía pulsional que
da origen a la organización social. Se ubica así el origen de la civilización
en un esencialismo psíquico de naturaleza sexual que es lo que caracteriza a la
pulsión como tal. La cultura deviene de la necesidad de reprimir la sexualidad
que se manifiesta bajo el imperio de pulsiones primordiales…”(Pag 63).
Lo que nos permite
seguir trabajando lo planteado por Manuel Martínez es el vínculo existente
entre las pulsiones individuales y sus mecanismos de resolución en relación a
la cultura y la sociedad. A su vez retoma los planteos pulsionales freudianos
vinculándolos a las influencias sociales, dando como resultado un “modelo” de
sujeto cultural psicoanalítico.
Lo expuesto nos
permite considerar que existen vínculos entre las pulsiones, entre ellas la de
saber, la cultura y la sociedad.
lunes, 22 de abril de 2013
Ficha 4. Selección de textos de Freud.
Sigmund Freud: justificación del concepto de lo inconsciente
Desde muy diversos sectores se nos ha discutido el derecho a
aceptar la existencia de un psiquismo inconsciente y a laborar científicamente
con esta hipótesis. Contra esta opinión podemos argüir que la hipótesis de la
existencia de lo inconsciente es necesaria y legítima, y, además, que poseemos
múltiples pruebas de su exactitud. Es necesaria, porque los datos de la
conciencia son altamente incompletos. Tanto en los sanos como en los enfermos surgen
con frecuencia actos psíquicos cuya explicación presupone otros de los que la
conciencia no nos ofrece testimonio alguno. Actos de este género son no sólo
los actos fallidos y los sueños de los individuos sanos, sino también todos
aquellos que calificamos de un síntoma psíquico o de una obsesión en los
enfermos. Nuestra cotidiana experiencia personal nos muestra ocurrencias cuyo
origen desconocemos y conclusiones intelectuales cuya elaboración ignoramos.
Todos estos actos conscientes resultarán faltos de sentido y coherencia si
mantenemos la teoría de que la totalidad de nuestros actos psíquicos ha de
sernos dada a conocer por nuestra conciencia y, en cambio, quedarán ordenados
dentro de un conjunto coherente e inteligible si interpolamos entre ellos los
actos inconscientes que hemos inferido. Esta ganancia de sentido constituye, de
por sí, motivo justificado para traspasar los límites de la experiencia
directa. Y si luego comprobamos que tomando como base la existencia de un
psiquismo inconsciente podemos estructurar un procedimiento eficacísimo, por
medio del cual influir adecuadamente sobre el curso de los procesos
conscientes, este éxito nos dará una prueba irrebatible de la exactitud de
nuestra hipótesis. Habremos de situarnos entonces en el punto de vista de que
no es sino una pretensión insostenible el exigir que todo lo que sucede en lo
psíquico haya de ser conocido por la conciencia. [...]
El nódulo del sistema Inc. está constituido por
representaciones de instintos que aspiran a derivar su carga, o sea por
impulsos de deseos. Estos impulsos instintivos se hallan coordinados entre si y
coexisten sin influir unos sobre otros ni tampoco contradecirse. Cuando dos
impulsos de deseos cuyos fines nos parecen inconciliables son activados al
mismo tiempo, no se anulan recíprocamente sino que se unen para formar un fin
intermedio, o sea una transacción.
En este sistema no hay negación ni duda alguna, ni tampoco
grado ninguno de seguridad. Todo esto es aportado luego por la labor de la
censura que actúa entre los sistemas Inc. y Prec. La negación es una
sustitución a un nivel más elevado de la represión. En el sistema Inc. no hay
sino contenidos más o menos enérgicamente catectizados.
Reina en él una mayor movilidad de las intensidades de
carga. Por medio del proceso del desplazamiento puede una idea transmitir a
otra todo el montante de su carga, y por el de la condensación acoger en sí
toda la carga de varias otras ideas. A mi juicio, deben considerarse estos dos
procesos como caracteres del llamado proceso psíquico primario. En el sistema
Prec. domina el proceso secundario. Cuanto tal proceso primario recae sobre
elementos del sistema Pres., lo juzgamos «cómico» y despierta la risa.
Los procesos del sistema Inc. se hallan fuera del tiempo
esto es, no aparecen ordenados cronológicamente, no sufren modificación ninguna
por el transcurso del tiempo y carecen de toda relación con él. También la
relación temporal se halla ligada a la labor del sistema Cc.
Los procesos del sistema Inc. carecen también de toda
relación con la realidad Se hallan sometidos al principio del placer y su
destino depende exclusivamente de su fuerza y de la medida en que satisfacen
las aspiraciones comenzadas por el placer y el displacer.
Resumiendo, diremos que los caracteres que esperamos
encontrar en los procesos pertenecientes al sistema Inc. son la falta de
contradicción el proceso primario (movilidad de las cargas), la independencia
del tiempo y la sustitución de la realidad exterior por la psíquica.
__________________________________________________
Metapsicología: lo inconsciente, en Obras completas,
Biblioteca Nueva, Madrid 1968, Vol. I, p.1052-1061.
Sigmund Freud: los instintos y sus destinos
Si consideramos la vida anímica desde el punto de vista
biológico, se nos muestra el «instinto» como un concepto límite entre lo a
anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos
procedentes del interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una magnitud
de la exigencia del trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión
con lo somático.
Podemos discutir ahora algunos términos empleados en
relación con el concepto del instinto, tales como perentoriedad, fin, objeto y
fuente del instinto.
Por perentoriedad («Drang») de un instinto se entiende su factor
motor, esto es, la suma de fuerza o la cantidad de exigencia de trabajo que
representa. Este carácter perentorio es una cualidad general de los instintos e
incluso constituye la esencia de los mismos. Cada instinto es una magnitud de
actividad, y al hablar negligentemente de instintos pasivos se alude tan sólo a
instintos de fin pasivo.
El fin («Ziel») de un instinto es siempre la satisfacción,
que sólo puede ser alcanzada por la supresión del estado de estimulación de la
fuente del instinto. Pero aun cuando el fin último de todo instinto es
invariable, puede haber diversos caminos que conduzcan a él, de manera que para
cada instinto pueden existir diferentes fines próximos susceptibles de ser
combinados o sustituidos entre sí. La experiencia nos permite hablar también de
instintos coartados en su fin esto es, de procesos a los que se permite avanzar
cierto espacio hacia la satisfacción del instinto, pero que experimentan luego
una inhibición o una desviación. Hemos de admitir que también con tales procesos
se halla enlazada una satisfacción parcial.
El objeto («Objekt») del instinto es la cosa en la cual o
por medio de la cual puede el instinto alcanzar su satisfacción. Es lo más
variable del instinto; no se halla enlazado a él originariamente, sino subordinado
a él a consecuencia de su adecuación al logro de la satisfacción. No es
necesariamente algo exterior al sujeto, sino que puede ser una parte cualquiera
de su propio cuerpo y es susceptible de ser sustituido indefinidamente por otro
en el curso de los destinos de la vida del instinto. Este desplazamiento del
instinto desempeña importantísimas funciones. Puede presentarse el caso de que
el mismo objeto sirva simultáneamente a la satisfacción de varios instintos (el
caso de la confluencia de los instintos, según Alfred Adler). Cuando un
instinto aparece ligado de un modo especialmente íntimo y estrecho al objeto,
hablamos de una fijación de dicho instinto. Esta fijación tiene efecto con gran
frecuencia en períodos muy tempranos del desarrollo de los instintos y pone fin
a la movilidad del instinto de que se trate, oponiéndose intensamente a su
separación del objeto.
Por fuente («Quelle») del instinto se entiende aquel proceso
somático que se desarrolla en un órgano o una parte del cuerpo, y es representado
en la vida anímica por el instinto. Se ignora si este proceso es regularmente
de naturaleza química o puede corresponder también al desarrollo de otras
fuerzas; por ejemplo, de fuerzas mecánicas. EI estudio de las fuentes del
instinto no corresponde ya a la Psicología. Aunque el hecho de nacer de fuentes
somáticas sea en realidad lo decisivo para el instinto, éste no se nos da a
conocer en la vida anímica sino por sus fines. Para la investigación
psicológica no es absolutamente indispensable más preciso conocimiento de las
fuentes del instinto, y muchas veces pueden ser deducidas éstas del examen de
los fines del instinto.
¿Habremos de suponer que los diversos instintos procedentes
de lo somático y que actúan sobre lo psíquico se hallan también caracterizados
por cualidades diferentes y actúan por esta causa de un modo cualitativamente
distinto de la vida anímica? A nuestro juicio, no. Bastará más bien admitir
simplemente que todos los instintos son cualitativamente iguales y que su
efecto no depende sino de las magnitudes de excitación que llevan consigo y
quizá de ciertas funciones de esta cantidad. Las diferencias que presentan las
funciones psíquicas de los diversos instintos pueden atribuirse a la diversidad
de las fuentes de estos últimos. Más adelante, y en una distinta relación,
llegaremos, de todos modos, a aclarar lo que el problema de la cualidad de los
instintos significa.
__________________________________________________
Metapsicología: los instintos y sus destinos, en Obras
completas, Biblioteca Nueva, Madrid 1968, Vol. I, p.1037.
Sigmund Freud: el sueño, realización de deseos
Estos deseos de nuestro inconsciente, siempre en actividad
y, por decirlo así, inmortales, deseos que nos recuerdan aquellos titanes de la
leyenda sobre los cuales pesan desde tiempo inmemorial inmensas montañas que
fueron arrojadas sobre ellos por los dioses vencedores y que aún tiemblan de
tiempo en tiempo, sacudidas por las convulsiones de sus miembros; estos deseos
reprimidos, repito, son también de procedencia infantil, como nos lo ha
demostrado la investigación psicológica de las neurosis. Así, pues, retiraré mi
afirmación anterior de que la procedencia del deseo era una cuestión
indiferente, y la sustituiré por la que sigue: El deseo representado en el
sueño tiene que ser un deseo infantil. En los adultos procede entonces del Inc.
En los niños, en los que no existe aún la separación y la censura entre el Prec
y el Inc, o en los que comienza a establecerse poco a poco, el deseo es un
deseo insatisfecho, pero no reprimido, de la vida despierta.
__________________________________________________
La interpretación de los sueños, 9, c (Obras completas,
Biblioteca Nueva, Madrid 1967, vol. 1, p. 553).
Sigmund Freud: instinto de vida, instinto de muerte
En nuestro estudio Más allá del principio del placer
desarrollamos una teoría que sostendremos y continuaremos en el presente
trabajo. Era esta teoría la de que es necesario distinguir dos clases de
instintos, una de las cuales, los instintos sexuales, o el Eros, era la más
visible y accesible al conocimiento, e integraba no sólo el instinto sexual propiamente
dicho, no coartado, sino también los impulsos instintivos coartados en su fin y
sublimados y derivados de él, y el instinto de conservación, que hemos de
adscribir al yo, y el que opusimos justificadamente, al principio de la labor
psicoanalítica, a los instintos objetivos sexuales. La determinación de la
segunda clase de instintos nos opuso grandes dificultades, pero acabamos por
hallar en el sadismo su representante. Basándonos en reflexiones teóricas,
apoyadas en la biología, supusimos la existencia de un instinto de muerte, cuya
misión es hacer retornar todo lo orgánico animado al estado inanimado, en
contraposición al Eros, cuyo fin es complicar la vida y conservarla así, por
medio de una síntesis cada vez más amplia de la sustancia viva, dividida en
particular. Ambos instintos se conducen en una forma estrictamente
conservadora, tendiendo a la reconstrucción de un estado perturbado por la
génesis de la vida; génesis que sería la causa tanto de la continuación de la
vida como de la tendencia a la muerte. A su vez, la vida sería un combate y una
transacción entre ambas tendencias. La cuestión del origen de la vida sería,
pues, de naturaleza cosmológica, y la referente al objeto y fin de la vida
recibiría una respuesta dualista.
__________________________________________________
El yo y el ello, IV (Obras completas, 3 vols., Biblioteca
Nueva, Madrid 1968, vol. 2, p. 21-22).
Sigmund Freud. El yo, el super-yo y el ello: la felicidad no es un
objetivo de la cultura
EI super-yo cultural ha elaborado sus ideales y erigido sus
normas. Entre éstas, las que se refieren a las relaciones de los seres humanos
entre sí están comprendidas en el concepto de la ética. En todas las épocas se
dio mayor valor a estos sistemas éticos, como si precisamente ellos hubieran de
colmar las máximas esperanzas. En efecto, la ética aborda aquel punto que es
fácil reconocer como el más vulnerable de toda cultura. Por consiguiente, debe
ser concebida como una tentativa terapéutica, como un ensayo destinado a lograr
mediante un imperativo del super-yo lo que antes no pudo alcanzar la restante
labor cultural. Ya sabemos que en este sentido el problema consiste en eliminar
el mayor obstáculo con que tropieza la cultura: la tendencia constitucional de
los hombres a agredirse mutuamente; de ahí el particular interés que tiene para
nosotros el quizá más reciente precepto del super-yo cultural «amarás al
prójimo como a ti mismo». La investigación y el tratamiento de las neurosis nos
ha llevado a sustentar dos acusaciones contra el super-yo del individuo: con la
severidad de sus preceptos y prohibiciones se despreocupa demasiado de la
felicidad del yo, pues no toma debida cuenta de las resistencias contra el
cumplimiento de aquéllos, de la energía instintiva del ello y de las dificultades
que ofrece el mundo real. Por consiguiente, al perseguir nuestro objetivo
terapéutico, muchas veces nos vemos obligados a luchar contra el super-yo,
esforzándonos por atenuar sus pretensiones. Podemos exponer objeciones muy
análogas contra las exigencias éticas del super-yo cultural. Tampoco éste se
preocupa bastante por la constitución psíquica del hombre, pues instituye un
precepto y no se pregunta si al ser humano le será posible cumplirlo. Acepta,
más bien, que al yo del hombre le es psicológicamente posible realizar cuanto
se le encomiende; que el yo goza de ilimitada autoridad sobre su ello. He aquí
un error, pues aun en los seres pretendidamente normales la dominación sobre el
ello no puede exceder determinados limites. Si las exigencias los sobrepasan,
se produce en el individuo una rebelión o una neurosis, o se le hace infeliz.
_____________________________________________
E/ malestar en la cultura, Alianza, Madrid 1970, p. 84-85.
Sigmund Freud. La agresividad y la cultura: instinto de vida e instinto
de muerte
El término libido puede seguir aplicándose a las
manifestaciones del Eros para discernirlas de la energía inherente al instinto
de muerte. Cabe confesar que nos resulta mucho más difícil captar este último y
que, en cierta manera únicamente lo conjeturamos como una especie de residuo o
remanente oculto tras el Eros, sustrayéndose a nuestra observación toda vez que
no se manifieste en la amalgama con el mismo. En el sadismo, donde desvía a su
manera y conveniencia el fin erótico, sin dejar de satisfacer por ello el
impulso sexual, logramos el conocimiento más diáfano de su esencia y de su
relación con el Eros. Pero aun donde aparece sin propósitos sexuales, aun en la
mas ciega furia destructiva, no se puede dejar de reconocer que su satisfacción
se acompaña de extraordinario placer narcisista, pues ofrece al yo la
realización de sus más arcaicos deseos de omnipotencia. Atenuado y domeñado,
casi coartado en su fin, el instinto de destrucción dirigido a los objetos debe
procurar al yo la satisfacción de sus necesidades vitales y el dominio sobre la Naturaleza. Dado
que, en efecto, hemos recurrido principalmente a argumentos teóricos para
fundamentar el instinto de muerte, debemos conceder que no está al abrigo de
los reparos de idéntica índole; pero, en todo caso, tal es como lo consideramos
en el estado actual de nuestros conocimientos. La investigación y la
especulación [futuras nos suministran, con seguridad, la decisiva claridad al
respecto.
En todo lo que sigue adoptaré, pues, el punto de vista de
que la tendencia agresiva es una disposición instintiva innata y autónoma del
ser humano; además, retomo ahora mi afirmación de que aquélla constituye el
mayor obstáculo con el que tropieza la cultura. En el curso de esta
investigación se nos impuso alguna vez la intuición de que la cultura sería un
proceso particular que se desarrolla sobre la humanidad, y aún ahora nos
subyuga esta idea. Añadiremos que se trata de un proceso puesto al servicio del
Eros, destinado a condensar en una unidad vasta, en la humanidad, a los
individuos aislados. luego a las familias, las tribus, los pueblos y las
naciones. No sabemos por qué es preciso que sea así: aceptamos que es,
simplemente, la obra del Eros. Estas masas humanas han de ser vinculadas
libidinalmente, pues ni la necesidad por sí sola ni las ventajas de la
comunidad de trabajo bastarían para mantenerlas unidas. Pero el natural
instinto humano de agresión, la hostilidad de uno contra todos y de todos
contra uno, se opone a este designio de la cultura. Dicho instinto de agresión
es el descendiente y principal representante del instinto de muerte, que hemos
hallado junto al Eros y que con él comparte la dominación del mundo. Ahora,
creo, el sentido de la evolución cultural ya no nos resultará impenetrable; por
fuerza debe presentarnos la lucha entre Eros y muerte, instinto de vida e
instinto de destrucción, tal como se lleva a cabo en la especie humana. Esta
lucha es, en suma, el contenido esencial de la misma, y por ello la evolución
cultural puede ser definida brevemente como la lucha de la especie humana por
la vida. ¡Y es este combate de los Titanes el que nuestras nodrizas pretenden
aplacar en su «arrorró del Cielo»
__________________________________________________
El malestar en la cultura, en Obras completas, Biblioteca
Nueva, Madrid 1968, vol. III p.45-46.
Sigmund Freud: justificación del concepto de lo inconsciente
Desde muy diversos sectores se nos ha discutido el derecho a
aceptar la existencia de un psiquismo inconsciente y a laborar científicamente
con esta hipótesis. Contra esta opinión podemos argüir que la hipótesis de la
existencia de lo inconsciente es necesaria y legítima, y, además, que poseemos
múltiples pruebas de su exactitud. Es necesaria, porque los datos de la
conciencia son altamente incompletos. Tanto en los sanos como en los enfermos surgen
con frecuencia actos psíquicos cuya explicación presupone otros de los que la
conciencia no nos ofrece testimonio alguno. Actos de este género son no sólo
los actos fallidos y los sueños de los individuos sanos, sino también todos
aquellos que calificamos de un síntoma psíquico o de una obsesión en los
enfermos. Nuestra cotidiana experiencia personal nos muestra ocurrencias cuyo
origen desconocemos y conclusiones intelectuales cuya elaboración ignoramos.
Todos estos actos conscientes resultarán faltos de sentido y coherencia si
mantenemos la teoría de que la totalidad de nuestros actos psíquicos ha de
sernos dada a conocer por nuestra conciencia y, en cambio, quedarán ordenados
dentro de un conjunto coherente e inteligible si interpolamos entre ellos los
actos inconscientes que hemos inferido. Esta ganancia de sentido constituye, de
por sí, motivo justificado para traspasar los límites de la experiencia
directa. Y si luego comprobamos que tomando como base la existencia de un
psiquismo inconsciente podemos estructurar un procedimiento eficacísimo, por
medio del cual influir adecuadamente sobre el curso de los procesos
conscientes, este éxito nos dará una prueba irrebatible de la exactitud de
nuestra hipótesis. Habremos de situarnos entonces en el punto de vista de que
no es sino una pretensión insostenible el exigir que todo lo que sucede en lo
psíquico haya de ser conocido por la conciencia. [...]
El nódulo del sistema Inc. está constituido por
representaciones de instintos que aspiran a derivar su carga, o sea por
impulsos de deseos. Estos impulsos instintivos se hallan coordinados entre si y
coexisten sin influir unos sobre otros ni tampoco contradecirse. Cuando dos
impulsos de deseos cuyos fines nos parecen inconciliables son activados al
mismo tiempo, no se anulan recíprocamente sino que se unen para formar un fin
intermedio, o sea una transacción.
En este sistema no hay negación ni duda alguna, ni tampoco
grado ninguno de seguridad. Todo esto es aportado luego por la labor de la
censura que actúa entre los sistemas Inc. y Prec. La negación es una
sustitución a un nivel más elevado de la represión. En el sistema Inc. no hay
sino contenidos más o menos enérgicamente catectizados.
Reina en él una mayor movilidad de las intensidades de
carga. Por medio del proceso del desplazamiento puede una idea transmitir a
otra todo el montante de su carga, y por el de la condensación acoger en sí
toda la carga de varias otras ideas. A mi juicio, deben considerarse estos dos
procesos como caracteres del llamado proceso psíquico primario. En el sistema
Prec. domina el proceso secundario. Cuanto tal proceso primario recae sobre
elementos del sistema Pres., lo juzgamos «cómico» y despierta la risa.
Los procesos del sistema Inc. se hallan fuera del tiempo
esto es, no aparecen ordenados cronológicamente, no sufren modificación ninguna
por el transcurso del tiempo y carecen de toda relación con él. También la
relación temporal se halla ligada a la labor del sistema Cc.
Los procesos del sistema Inc. carecen también de toda
relación con la realidad Se hallan sometidos al principio del placer y su
destino depende exclusivamente de su fuerza y de la medida en que satisfacen
las aspiraciones comenzadas por el placer y el displacer.
Resumiendo, diremos que los caracteres que esperamos
encontrar en los procesos pertenecientes al sistema Inc. son la falta de
contradicción el proceso primario (movilidad de las cargas), la independencia
del tiempo y la sustitución de la realidad exterior por la psíquica.
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Metapsicología: lo inconsciente, en Obras completas,
Biblioteca Nueva, Madrid 1968, Vol. I, p.1052-1061.
Sigmund Freud: los instintos y sus destinos
Si consideramos la vida anímica desde el punto de vista
biológico, se nos muestra el «instinto» como un concepto límite entre lo a
anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos
procedentes del interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una magnitud
de la exigencia del trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión
con lo somático.
Podemos discutir ahora algunos términos empleados en
relación con el concepto del instinto, tales como perentoriedad, fin, objeto y
fuente del instinto.
Por perentoriedad («Drang») de un instinto se entiende su factor
motor, esto es, la suma de fuerza o la cantidad de exigencia de trabajo que
representa. Este carácter perentorio es una cualidad general de los instintos e
incluso constituye la esencia de los mismos. Cada instinto es una magnitud de
actividad, y al hablar negligentemente de instintos pasivos se alude tan sólo a
instintos de fin pasivo.
El fin («Ziel») de un instinto es siempre la satisfacción,
que sólo puede ser alcanzada por la supresión del estado de estimulación de la
fuente del instinto. Pero aun cuando el fin último de todo instinto es
invariable, puede haber diversos caminos que conduzcan a él, de manera que para
cada instinto pueden existir diferentes fines próximos susceptibles de ser
combinados o sustituidos entre sí. La experiencia nos permite hablar también de
instintos coartados en su fin esto es, de procesos a los que se permite avanzar
cierto espacio hacia la satisfacción del instinto, pero que experimentan luego
una inhibición o una desviación. Hemos de admitir que también con tales procesos
se halla enlazada una satisfacción parcial.
El objeto («Objekt») del instinto es la cosa en la cual o
por medio de la cual puede el instinto alcanzar su satisfacción. Es lo más
variable del instinto; no se halla enlazado a él originariamente, sino subordinado
a él a consecuencia de su adecuación al logro de la satisfacción. No es
necesariamente algo exterior al sujeto, sino que puede ser una parte cualquiera
de su propio cuerpo y es susceptible de ser sustituido indefinidamente por otro
en el curso de los destinos de la vida del instinto. Este desplazamiento del
instinto desempeña importantísimas funciones. Puede presentarse el caso de que
el mismo objeto sirva simultáneamente a la satisfacción de varios instintos (el
caso de la confluencia de los instintos, según Alfred Adler). Cuando un
instinto aparece ligado de un modo especialmente íntimo y estrecho al objeto,
hablamos de una fijación de dicho instinto. Esta fijación tiene efecto con gran
frecuencia en períodos muy tempranos del desarrollo de los instintos y pone fin
a la movilidad del instinto de que se trate, oponiéndose intensamente a su
separación del objeto.
Por fuente («Quelle») del instinto se entiende aquel proceso
somático que se desarrolla en un órgano o una parte del cuerpo, y es representado
en la vida anímica por el instinto. Se ignora si este proceso es regularmente
de naturaleza química o puede corresponder también al desarrollo de otras
fuerzas; por ejemplo, de fuerzas mecánicas. EI estudio de las fuentes del
instinto no corresponde ya a la Psicología. Aunque el hecho de nacer de fuentes
somáticas sea en realidad lo decisivo para el instinto, éste no se nos da a
conocer en la vida anímica sino por sus fines. Para la investigación
psicológica no es absolutamente indispensable más preciso conocimiento de las
fuentes del instinto, y muchas veces pueden ser deducidas éstas del examen de
los fines del instinto.
¿Habremos de suponer que los diversos instintos procedentes
de lo somático y que actúan sobre lo psíquico se hallan también caracterizados
por cualidades diferentes y actúan por esta causa de un modo cualitativamente
distinto de la vida anímica? A nuestro juicio, no. Bastará más bien admitir
simplemente que todos los instintos son cualitativamente iguales y que su
efecto no depende sino de las magnitudes de excitación que llevan consigo y
quizá de ciertas funciones de esta cantidad. Las diferencias que presentan las
funciones psíquicas de los diversos instintos pueden atribuirse a la diversidad
de las fuentes de estos últimos. Más adelante, y en una distinta relación,
llegaremos, de todos modos, a aclarar lo que el problema de la cualidad de los
instintos significa.
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Metapsicología: los instintos y sus destinos, en Obras
completas, Biblioteca Nueva, Madrid 1968, Vol. I, p.1037.
Sigmund Freud: el sueño, realización de deseos
Estos deseos de nuestro inconsciente, siempre en actividad
y, por decirlo así, inmortales, deseos que nos recuerdan aquellos titanes de la
leyenda sobre los cuales pesan desde tiempo inmemorial inmensas montañas que
fueron arrojadas sobre ellos por los dioses vencedores y que aún tiemblan de
tiempo en tiempo, sacudidas por las convulsiones de sus miembros; estos deseos
reprimidos, repito, son también de procedencia infantil, como nos lo ha
demostrado la investigación psicológica de las neurosis. Así, pues, retiraré mi
afirmación anterior de que la procedencia del deseo era una cuestión
indiferente, y la sustituiré por la que sigue: El deseo representado en el
sueño tiene que ser un deseo infantil. En los adultos procede entonces del Inc.
En los niños, en los que no existe aún la separación y la censura entre el Prec
y el Inc, o en los que comienza a establecerse poco a poco, el deseo es un
deseo insatisfecho, pero no reprimido, de la vida despierta.
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La interpretación de los sueños, 9, c (Obras completas,
Biblioteca Nueva, Madrid 1967, vol. 1, p. 553).
Sigmund Freud: instinto de vida, instinto de muerte
En nuestro estudio Más allá del principio del placer
desarrollamos una teoría que sostendremos y continuaremos en el presente
trabajo. Era esta teoría la de que es necesario distinguir dos clases de
instintos, una de las cuales, los instintos sexuales, o el Eros, era la más
visible y accesible al conocimiento, e integraba no sólo el instinto sexual propiamente
dicho, no coartado, sino también los impulsos instintivos coartados en su fin y
sublimados y derivados de él, y el instinto de conservación, que hemos de
adscribir al yo, y el que opusimos justificadamente, al principio de la labor
psicoanalítica, a los instintos objetivos sexuales. La determinación de la
segunda clase de instintos nos opuso grandes dificultades, pero acabamos por
hallar en el sadismo su representante. Basándonos en reflexiones teóricas,
apoyadas en la biología, supusimos la existencia de un instinto de muerte, cuya
misión es hacer retornar todo lo orgánico animado al estado inanimado, en
contraposición al Eros, cuyo fin es complicar la vida y conservarla así, por
medio de una síntesis cada vez más amplia de la sustancia viva, dividida en
particular. Ambos instintos se conducen en una forma estrictamente
conservadora, tendiendo a la reconstrucción de un estado perturbado por la
génesis de la vida; génesis que sería la causa tanto de la continuación de la
vida como de la tendencia a la muerte. A su vez, la vida sería un combate y una
transacción entre ambas tendencias. La cuestión del origen de la vida sería,
pues, de naturaleza cosmológica, y la referente al objeto y fin de la vida
recibiría una respuesta dualista.
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El yo y el ello, IV (Obras completas, 3 vols., Biblioteca
Nueva, Madrid 1968, vol. 2, p. 21-22).
Sigmund Freud. El yo, el super-yo y el ello: la felicidad no es un
objetivo de la cultura
EI super-yo cultural ha elaborado sus ideales y erigido sus
normas. Entre éstas, las que se refieren a las relaciones de los seres humanos
entre sí están comprendidas en el concepto de la ética. En todas las épocas se
dio mayor valor a estos sistemas éticos, como si precisamente ellos hubieran de
colmar las máximas esperanzas. En efecto, la ética aborda aquel punto que es
fácil reconocer como el más vulnerable de toda cultura. Por consiguiente, debe
ser concebida como una tentativa terapéutica, como un ensayo destinado a lograr
mediante un imperativo del super-yo lo que antes no pudo alcanzar la restante
labor cultural. Ya sabemos que en este sentido el problema consiste en eliminar
el mayor obstáculo con que tropieza la cultura: la tendencia constitucional de
los hombres a agredirse mutuamente; de ahí el particular interés que tiene para
nosotros el quizá más reciente precepto del super-yo cultural «amarás al
prójimo como a ti mismo». La investigación y el tratamiento de las neurosis nos
ha llevado a sustentar dos acusaciones contra el super-yo del individuo: con la
severidad de sus preceptos y prohibiciones se despreocupa demasiado de la
felicidad del yo, pues no toma debida cuenta de las resistencias contra el
cumplimiento de aquéllos, de la energía instintiva del ello y de las dificultades
que ofrece el mundo real. Por consiguiente, al perseguir nuestro objetivo
terapéutico, muchas veces nos vemos obligados a luchar contra el super-yo,
esforzándonos por atenuar sus pretensiones. Podemos exponer objeciones muy
análogas contra las exigencias éticas del super-yo cultural. Tampoco éste se
preocupa bastante por la constitución psíquica del hombre, pues instituye un
precepto y no se pregunta si al ser humano le será posible cumplirlo. Acepta,
más bien, que al yo del hombre le es psicológicamente posible realizar cuanto
se le encomiende; que el yo goza de ilimitada autoridad sobre su ello. He aquí
un error, pues aun en los seres pretendidamente normales la dominación sobre el
ello no puede exceder determinados limites. Si las exigencias los sobrepasan,
se produce en el individuo una rebelión o una neurosis, o se le hace infeliz.
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E/ malestar en la cultura, Alianza, Madrid 1970, p. 84-85.
Sigmund Freud. La agresividad y la cultura: instinto de vida e instinto
de muerte
El término libido puede seguir aplicándose a las
manifestaciones del Eros para discernirlas de la energía inherente al instinto
de muerte. Cabe confesar que nos resulta mucho más difícil captar este último y
que, en cierta manera únicamente lo conjeturamos como una especie de residuo o
remanente oculto tras el Eros, sustrayéndose a nuestra observación toda vez que
no se manifieste en la amalgama con el mismo. En el sadismo, donde desvía a su
manera y conveniencia el fin erótico, sin dejar de satisfacer por ello el
impulso sexual, logramos el conocimiento más diáfano de su esencia y de su
relación con el Eros. Pero aun donde aparece sin propósitos sexuales, aun en la
mas ciega furia destructiva, no se puede dejar de reconocer que su satisfacción
se acompaña de extraordinario placer narcisista, pues ofrece al yo la
realización de sus más arcaicos deseos de omnipotencia. Atenuado y domeñado,
casi coartado en su fin, el instinto de destrucción dirigido a los objetos debe
procurar al yo la satisfacción de sus necesidades vitales y el dominio sobre la Naturaleza. Dado
que, en efecto, hemos recurrido principalmente a argumentos teóricos para
fundamentar el instinto de muerte, debemos conceder que no está al abrigo de
los reparos de idéntica índole; pero, en todo caso, tal es como lo consideramos
en el estado actual de nuestros conocimientos. La investigación y la
especulación [futuras nos suministran, con seguridad, la decisiva claridad al
respecto.
En todo lo que sigue adoptaré, pues, el punto de vista de
que la tendencia agresiva es una disposición instintiva innata y autónoma del
ser humano; además, retomo ahora mi afirmación de que aquélla constituye el
mayor obstáculo con el que tropieza la cultura. En el curso de esta
investigación se nos impuso alguna vez la intuición de que la cultura sería un
proceso particular que se desarrolla sobre la humanidad, y aún ahora nos
subyuga esta idea. Añadiremos que se trata de un proceso puesto al servicio del
Eros, destinado a condensar en una unidad vasta, en la humanidad, a los
individuos aislados. luego a las familias, las tribus, los pueblos y las
naciones. No sabemos por qué es preciso que sea así: aceptamos que es,
simplemente, la obra del Eros. Estas masas humanas han de ser vinculadas
libidinalmente, pues ni la necesidad por sí sola ni las ventajas de la
comunidad de trabajo bastarían para mantenerlas unidas. Pero el natural
instinto humano de agresión, la hostilidad de uno contra todos y de todos
contra uno, se opone a este designio de la cultura. Dicho instinto de agresión
es el descendiente y principal representante del instinto de muerte, que hemos
hallado junto al Eros y que con él comparte la dominación del mundo. Ahora,
creo, el sentido de la evolución cultural ya no nos resultará impenetrable; por
fuerza debe presentarnos la lucha entre Eros y muerte, instinto de vida e
instinto de destrucción, tal como se lleva a cabo en la especie humana. Esta
lucha es, en suma, el contenido esencial de la misma, y por ello la evolución
cultural puede ser definida brevemente como la lucha de la especie humana por
la vida. ¡Y es este combate de los Titanes el que nuestras nodrizas pretenden
aplacar en su «arrorró del Cielo»
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El malestar en la cultura, en Obras completas, Biblioteca
Nueva, Madrid 1968, vol. III p.45-46.
domingo, 21 de abril de 2013
Ejercicios. Condicionamiento Operante. (Realizar y entregar martes 23 o miércoles 24 de abril)
Trabajo
escrito entorno a Condicionamiento
Operante de Skinner.
Ejercicio 1.
a) Un jugador de basquetbol
llega tarde a una práctica previa a un partido difícil por lo que recibe el
rezongo del entrenador.
Luego
de este episodio el jugador llega en hora.
¿Explique
porqué el jugador no volvió a llegar tarde? ¿Qué mecanismo se aplica según el
condicionamiento operante?
b) Al mes siguiente el
jugador vuelve a llegar tarde al entrenamiento y el entrenador decide no
dejarlo jugar el partido próximo.
Ante
lo cual el jugador nunca más llegó tarde a un entrenamiento.
Realice
el esquema de la conducta y explique cuál es la diferencia entre la situación
a) y b).
Ejercicio 2
Un
preso entra en su última etapa de rehabilitación. Se le encomienda una serie de
tareas con el fin de que muestre su colaboración y adaptación al trabajo. Al
tiempo le anuncian que le dan permiso para salir un día a visitar a su familia.
En
esa semana previa el recluso demostró eficiencia en las tareas encomendadas y
gran entusiasmo al hacerlo.
¿Qué mecanismo explica la conducta del recluso y por qué
motivo demuestra entusiasmo y suma eficiencia en la semana previa a su salida?
Ejercicio 3
Una
maestra le recuerda todos los días a sus alumnos lo contenta que está dado lo
bien que se portan en clase y traen los deberes pedidos sin excepción alguna.
A
mitad de año los alumnos no cumplen con los deberes en su totalidad y María y
Pedro no dejan de pelearse en clase, además de conversar con sus compañeros.
¿Por
medio de qué principio explica lo ocurrido el condicionamiento operante?
Ejercicio 4
Ana
esta cansada de que sus compañeros de clase se burlen de ella por estar
excedida de peso, por lo que decide hacer dieta. Al tiempo las burlas cesan y
Ana comienza a sentirse aceptada por sus pares.
¿Qué
mecanismos propiciaron y mantienen la conducta de Ana?
Especifiqué
cuáles son los reforzadores y clasifique los mismos en primarios y secundarios.
Ejercicio 5
Andrés
le manda mensajes a su amiga Mariana y cada día se sorprende más dado que Mariana no le responde. Al tiempo
Andrés ya no le manda mensajes a su amiga.
¿Qué
mecanismo explica la conducta de Andres?
Ejercicio 6
Elabora
un ejemplo de Reforzamiento negativo de evitación. Distingue claramente
conducta y reforzador.
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